En nuestra Carta de creencias tenemos una
preferencia: el libro de poemas,
Insumisión
(2013). Con mucha probabilidad, Eduardo Moga sintió, como
apuntaba G. Bechelard, que no se vuela porque se tengan alas, sino que se
tienen alas porque se ha volado. Y todo acto de vuelo poético viene de un acto
de desobediencia, hecho que percibimos en Insumisión,
con su entrada en lo paradójico, en aquello que la luz tiene de ocultamiento,
en aquello que la muerte tiene de vida y vía, en lo individual en cuanto a
colectivo. Y de lo paradójico se pasará a un perspectivismo que descentra las
fronteras textuales y genéricas, que mira todo de todas las maneras (y lo
escribe). El punto de convergencia entre la lectura de esas paradojas y su
conversión en poesía será progresivo y de una belleza sorprendida y plural: se
mitifica y se mezcla la realidad con la fantasía; se lanzan imágenes
fulgurantes, llenas de raíces y de altura; y se ejercita la sorpresa en sus
múltiples espejos por medio del verbo ágil o el adjetivo certero.

Detrás de cada poema habita ese entrecruzamiento de
lo íntimo con lo histórico, de ahí que la pluralidad lingüística se quede
prendada por ese flujo. Es por medio de esta experiencia sensitiva en donde
aparecen las distintas variaciones con el lenguaje y sus estratificaciones.
Mediante la palabra poética se puede forjar la capacidad de ser una y muchas
cosas o seres al mismo tiempo, y aquí, en Insumisión
se lleva a cabo con diferentes intensidades: en la formación de diversos
paisajes textuales, desde la coda al homenaje, desde el diario a la crónica,
desde el poema en verso al poema en prosa. Se formula una mirada perpleja,
comprensiva y finalmente, creativa.

De este modo, esa viveza se entrelaza en su palabra
poética como punto de conexión, como una vuelta al origen, produciéndose
diversas hibridaciones. Se trata de espacios familiares, de unión y de creación
mediante el cual el poema vuelve a ser un todo vívido. Pero esto es algo que
viene de lejos, por ejemplo, ya en Bajo
la piel, los días
(2010) tenemos esos espacios de frontera. De tal forma
que en esa pluralidad se produce una invitación a la exploración. Como
consecuencia la realidad se trastoca y genera desvíos que pueden tomarse a modo de derivaciones tanto
lingüísticas como fenomenológicas. Y estos nuevos caminos en la extrañeza y la
perplejidad se desarrollan en diversos tiempos.

En Insumisión, Eduardo Moga desarrolla una
indagación poética que supone un proyecto, en primer término, intuitivo para
posteriormente llegar a ciertas preguntas, hipótesis y soluciones. Además, esa
indagación se transmite por medio de la palabra retorno como un ciclo que se ha completado y que Juan
Eduardo-Cirlot nos transfiere a través de Mircea Eliade: “El simbolismo añade
un nuevo valor a un objeto o una acción, sin atentar por ello contra sus
valores propios e inmediatos los convierte en hechos “abiertos”.”. Pero ese
regreso más que una vuelta supone una reunión y de este modo se produce un acto
de confluencia de lo disperso: los pedazos de la realidad vuelven a la unidad
primigenia. El repaso memorístico siempre presente en su obra. Este registro
cíclico de decir la verdad, su verdad que es la de todos, supone una forma de
regresar a lo profundo, en una “nostalgia de branquias”.

 

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