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NOTICIAS DE RICARDO DEFARGES

                               (PIOJOS EN LA POESÍA)

1. A primera vista

Como indica la contraportada del último poemario
de Ricardo Defarges, en Muere al nacer el día influyen dos hechos vitales
en su trayectoria: la inclusión en la Generación del 50 y su nacimiento en
1933. Estos dos hechos contextuales, estos dos aspectos sociológico-literarios
aprietan siempre la recepción de este tipo de autores y como consecuencia surge
esa “otra generación del cincuenta” que se ha perfilado plenamente en un figura
paralela a la oficial y que en algunos casos, tiene mayor presencia por su
calidad y no por la inercia crítica que otros poetas de primera fila
proporcionan. Pero lo importante es esta entrega nueva y esplendida que
prosigue la estela del libro anterior La cima vieja, cuya realización se
produjo en condiciones extremas de salud dada la situación de discapacidad.
Este hecho y sus efectos discurren desde la tragedia y el deseo de orden vital.
Sin embargo, en este último libro la estructura formal adquiere la diferencia
de una mayor libertad creativa, en cuanto a la disolución del posible género
que puede ser actualmente la poesía (y sus ya diversos subgéneros). Este
proceso de fusión, de desembocadura en lo intergénerico, no se produce de un
día para otro, la poesía de Ricardo Defarges se ha bifurcado en dos etapas bien
diferenciadas. Como apunta Vicente Gallego en su antología 50 del 50. Seis
poetas del medio siglo
, el
escritor barcelonés se presenta desde el principio como un poeta hecho,
plenamente formado. En la primera etapa sus poemas muestran una fisonomía
delgada, precisa, escueta en su expresión, cuya sencillez formal se refleja a
través de la apariencia de canciones. Toda esta sobriedad, toda esta
contención, retiene esa mayor libertad expresiva del periodo posterior de
madurez, al cual pertenece Muere al nacer el día.

2.
Libros, películas, pinturas y algo de vida

Este último tiempo poético de Muere al nacer el día nos llega más
complejo y variado. En él se mezcla la tradición y la aventura, la propia
reflexión vital y lectora, la juventud y la vejez, todo ello entrelazado al
mismo tiempo y a debida distancia. La unión de todos estos arcos estéticos y
argumentales recae en la memoria, en el “culturalismo” y en una pequeña
sorpresa. Empecemos por el principio, es decir, por el repaso de lo que se fue
y de esta forma entramos en el primer poema Aún
lo dices
que nos conduce por medio de su versificación preferiblemente
heptasilábica a la expresión condensada. De este modo, la palabra se vuelve
casi esencia y esa sustancia se manifiesta en una pregunta incómoda: “¿Qué vas
a decir ya?”, cuya respuesta se expone en los versos siguientes pero se
extiende por todo el libro: “Palabra del silencio, en la casa vacía.” Estos
signos mudos forman continuas interrogaciones que apenas quieren repuesta
cuando se intuyen esas respuestas. Pero también surge la negación de esos recuerdos
y el engaño de percibir los hechos de manera cerrada,  asuntos que se extienden a textos como “No
quieres recordar” o “Los labios”, pues la existencia parece quedarse entre la
incógnita y lo enigmático: “Y el misterio detrás iba quedando,/ para cambiarse
pronto/en un Enigma ya definitivo.” En mitad de esos jeroglíficos se halla “la
casa” como símbolo de esa nostalgia convertida ya en melancolía; y es que desde
su libro El arbusto pronosticaba que
la madurez de los años le aportaría la sabiduría necesaria para asumir su
sequedad y sus secretos. Así es la gran poesía, aquella que de manera sugerente
y estimulante nos enseña tanto a vivir como a morir. En ese aprendizaje la
soledad se convierte en un tránsito de conocimiento, en un camino de perfección
y de reconocerse hasta encajar en el propio perfil. Por eso, la propia
existencia se convierte en una caricia ocasional y ajena: los libros, las
películas, sobre todo las películas, los cuadros y la música, cobran mayor
importancia, un estatus vital superior a esa realidad que ¿alguna vez fue real?
De esta forma, el yo autoral se desvincula de sus propias vivencias con el fin
de convertirse en un “tú” o en un “vosotros” textual, dando lugar a un desapego
personal que a veces se quiebra en poemas como “Viaje a Bizarritz”. En este
poema están las cosas como son, tal cual, las imágenes secas, sin ornamentos y
la cotidianeidad en consonancia con ello: “Te han arrastrado en un
coche/después, en la silla de ruedas”. Todo ello para acabar con ese
ahondamiento en la palabra austera que ha caracterizado durante años la poesía
de Defarges y que aquí, en Muere al nacer
el día,
se diluye en la lluvia como una secuencia más de esos recuerdos.

Sin embargo, esta contención poética encuentra
su envés en los poemas que glosan principalmente las películas y los libros que
al poeta consiguen emocionar. Así, se produce la creación de una nueva
perspectiva sobre la obra comentada (aquí está la pequeña sorpresa aludida
anteriormente), sin llegar al análisis crítico de la intrapoesía; pero con la intención de literaturizar el cine
y filmar la literatura. Uno de estos primeros textos se concreta en “Fresas
salvajes (Ingmar Bergman-1957)”, cuyo
desarrollo paralelo acaba en la realidad del actor Víctor Sjöström que hizo el
papel de doctor, acaba en su muerte cercana;
como contrapunto a su extinción surge “su huella/ perdurable sobre la tierra.”
Estos versos manifiestan el respeto de la muerte ante lo poco que deja con
vida. Asimismo ocurre en poemas como “Dies irae (Carl Dreyer-1943)”, en el que
se ensancha los asuntos de la película y del director de la misma, creando un
ambiente afín en la que las cuestiones transcendentales y metafísicas se
convierten en la médula espinal. Estas preocupaciones no solo se tratarán de un
modo distanciado sino que entrarán en los desasosiegos de Defarges a través de
esas palabras en mayúsculas: “morir la muerte de otro,/ son la lección de
injusticia/y el ejemplo del Maestro./” (“Comunión de santos”); por medio de figuras
ascéticas: santa Teresa en “Piojos en la poesía” o plenas de fe y serenidad:
“Entre montañas,/templo románico./Un Cristo en Cruz,/sólo sereno,/inclina el
rostro/en Majestad,/ leve tristeza./Quema Tu imagen/la casa sola”. (“Beget”). Y
es que Muere al nacer el día no se
presenta como un libro de homenajes ni tampoco como mera opción culturalista
desfasada, en este poemario la novedad se concentra en el avistamiento de una
creación poética que se inclina hacia el análisis de obras ajenas.

3. El arte de morir

Si nuestra
lectura ahonda en un libro de estas características observamos que cada poema
es la anatomía de una des-ilusión, es decir, una verdad en sí misma. Ricardo Defarges
ha dejado de engañarse, ya no crea el espejismo de inventar asideros, ahora se
ofrece resistencia tan solo con ver las emociones de un cuadro, oír la música
de los diálogos fílmicos, con oler y tocar la poesía. Ese vértigo, ese vacío,
esa nada maciza y creciente se nos desvela sin sentimentalismos, en el
aprendizaje que aporta la palabra para saber morir. Poesía para ser capaces de
vivir a la intemperie y de este abandono llega una mirada honda: “Fuera de la
casa quieta,/y dentro del alma, arrecia/el huracán solitario./Este son de vida
y de muerte/gime en el cuarto vacío./-Coges el Libro, y de pronto/todo se hace
suave,/ Carga ligera./ Y olvidas el viento amargo,/su escalofrío en la noche.”
(“Queja del viento”). Y como bien se dice en la contraportada de este libro, en
esta segunda etapa de la poesía de Ricardo Defarges, se reparten más los temas
y ese “pesimismo innato” se convierte en acto de amor, de amor hacia lo humano,
un ejemplo de ello lo tenemos en el poema “Enrique Cornuty”.

Por otro lado,
hay que destacar un aspecto argumental que se muestra de manera continua en los
pasajes más inclinados hacia la reflexión cultural: los finales textuales que
resumen, desde un punto de vista ético, el resto del poema, a modo de
conclusión interpretativa del objeto artístico y de la realidad que lo
envuelve. Los ejemplos son diversos: “Diario de un cura de aldea (Novela de
Bernanos-Película de Bresson)”, Azorín (“Cerrera, Cerrera”) o “Orwell”; en
todos ellos se presenta una doble temática final: la lucha entre la vida y la
muerte, y la consecuente proyección religiosa en fe y gracia. Cada creación se
convierte en un medio de afirmarse y de asumir todo aquello que se va. No
debemos olvidar señalar, por último, que la estructura de este poemario no
viene de una división en partes que diferencien las condiciones formales y
argumentales de los textos, sino que procede de una ordenación diaria, cuyo
primer poema está fechado en 2008 (“Aún lo dices”) y último en 2010 (“El coma”).
Dos años de creación que se resuelven en un mensaje novedoso y contundente.

4. Conclusiones/revitalizaciones

Ricardo Defarges
no es un poeta que ha necesitado de una generación para imponer su voz. Se
trata de un poeta cuya generación se manifiesta en el propio camino labrado a
lo largo de años de poesía. El poeta barcelonés es un solitario, y lo bueno de
este tipo de poetas se percibe en que miran poco hacia los lados y sobre todo
lo hacen más para sí mismos, en un acto de ahondamiento nada narcisista. Por
eso, su obra pertenece a la estirpe de poetas como César Simón o Tomás Segovia.
Muere al nacer el día es un libro en
el que se comparten lecturas y visualizaciones, en el que se sugieren los
significados de distintas textualidades a través de la confección de otros
textos: ¿un nuevo sentido? ¿Se busca un nuevo sentido?

Ricardo Defarges: Muere al nacer el día. Editorial Renacimiento, Sevilla, 2010. 

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