EL UMBRAL DE MARÍA
VICTORIA ATENCIA

                                               (EL CLAROSCURO ZARCO)

1. De afuera hacia dentro

Ya viene siendo
clásico realizar dentro de la segunda promoción de poetas de posguerra una
división que aclara este marco cronológico. Ahí están estudios valiosos: el
ensayo de Luis García Jambrina, La otra
generación del 50
, diversos artículos sobre este tema o la acertada
antología de Vicente Gallego, El 50 del 50. Seis poetas del medio siglo.
El caso de María Victoria Atencia posee varios puntos comunes con sus
compañeros de exilio poético: el silencio editorial de aproximadamente una
década, la periferia literaria, las ediciones restringidas o la dificultad para
encuadrar su poesía en conceptos tan excluyentes, superficiales y
reduccionistas como el de “Generación”. Añadamos la condición de mujer más la
inercia burocrática de gran parte de la investigación española de la literatura
y tendremos las razones contextuales para que una poeta de esta calidad haya
permanecido en el limbo crítico durante un tiempo excesivo. Pero lo bueno de
estos casos se presentan en la independencia estilística y con ello viene la
lealtad a sí mismo. Un último ejemplo se manifiesta en la entrega de El Umbral,
en la cual la poeta malagueña profundiza en sus rasgos distintivos con
naturalidad y serenidad, como si esos poemas remitiesen a una expresión
necesaria. De las reseñas que han salido de este libro se apunta un “creciente
hermetismo” o una “relativa oscuridad” (Francisco Díaz de Castro), la
“depuración formal y espiritual” (Santos Domínguez) o “las alusiones
culturales” (Josep M. Rodríguez); estas observaciones poseen una relación
estrecha y plena en este poemario. Esa reserva de mostrar una palabra demasiada
clara se va sustituyendo, poco a poco, por una expresividad más sugerente, en
linde con la sombra; lo mismo ocurre con el culturalismo que se dosifica en
pequeñísimas dosis en perfecto equilibrio con el sosiego natural que exhalan
los poemas. Todo ello sale al exterior por medio de frescos endecasílabos y
ricos alejandrinos, dos de los metros más utilizados a lo largo de su
trayectoria poética. Si echamos la vista atrás, a libros como Arte y parte, Compás binario o Las
contemplaciones
, por citar algunos, observamos que al leerlos la coherencia
entre la poeta y sus creaciones proclama la característica unitaria de su obra.

2. En
el interior: una oceanografía del ahora

Los veinte
textos de El umbral no se estructuran por divisiones sino que se trata de una
distribución textual aditiva sin ser acumulativa, abierta en su coherencia y
llena de simetrías. Ese número de poemas puede indicarnos, en un primer momento,
una brevedad aparente y cuantitativa pero no cualitativa. Esa concisión se
lleva a la cantidad de versos que en cada texto median los siete u ocho y cuyo
número total no sobrepasa los ciento cincuenta. Este rasgo tanto organizativo
como estilístico también se ha depurado con los años y los libros, así en los
primeros poemarios, es decir, en su primera etapa poética, la formalidad
métrica del soneto, por ejemplo, se tomaba como referencia transmisora, entre
otras. Todo ello se debe a un proceso de interiorización y de madurez total. En
este caso, el de El Umbral, comienza
con “Este hilo de vida” y la primera palabra que sale a la superficie es
“Ahora” como una manera de soltar las horas que ilusoriamente nos pertenecen.
Para quitarse estos lastres se recurre al olvido y la presencia simbólica de
los pájaros-poetas “tras de los vidrios”. O en palabras mayores de María
Zambrano: “El presente, pues, es el único tiempo propio para esta poesía, sin
pasado”. Estas orientaciones temáticas encuadran el mundo de M.V. y sus
certidumbres se resuelven en las vivencias hechas poemas. Por esta razón,
tenemos esa sensación de movimiento tranquilo, de un modo de mostrarnos esas
pequeñas verdades del entorno. Y es que María Victoria pertenece a esa línea de
poetas de la contemplación y la serenidad, del tipo de Vicente Aleixandre o
Jorge Guillén, dos de sus maestros. En esas visiones y en El umbral son esenciales la presencia del pájaro, de esos veinte
textos cuatro aluden explícitamente a este asunto mediante el título. El
primero de ellos “Las palomas” despliega una de sus constantes temáticas: ese
descanso vital que se traspasa al poema como expresión de la cotidianeidad; en
dos ocasiones se repite en este poema de sutil estructura circular la palabra
“paz”, rasgo que, junto con leves y bellas rupturas sintácticas: “quietas de
otro quehacer que un suave compartirse”, completan su intensidad.  A esas palomas les sigue “El ruiseñor”, al
que más allá del análisis y ya en el plano del gusto personal, tengo que
señalar como uno de los textos más sobresalientes: “Puedo entregarme a ti,
ruiseñor de lo alto y tan ajeno/ a ti que eres un yo que estuviese
cantándote,/sucesiva hermosura que un instante en el alba se atreve
a/detenerse/ sobre una tierna rama ya suspensa en luz/y viene a preguntarme por
tu pluma y sus causas;/ como si yo supiera si está todo en su sitio y dispuesto
en/ su orden/ para poderte oír, resumen de la gracia, ruiseñor.” Y como comenté
anteriormente este libro presenta diversas simetrías, de esta manera entre el
poema “Vencejos” y el primer poema “Este hilo de vida” converge el tema del
olvido, de ya no mirar atrás, de darle a la desmemoria para olvidarse de sí
mismo. Toda esa pajarería da paso al mundo vegetal (ambos universos
profundamente entrelazados). Ahí está ese texto de transición estructural
“Pájaros”, en el que se hace explícita mi observación y prosigue en el
siguiente poema “El ramo”. Además, hay que señalar que los finales de cada
poema introducen no ya ese vacío de la muerte sino una integración, al
desaparecer, en la belleza, en lo natural. Así pasan los anillos arbóreos y los
años florales, así tenemos al lirio y a la rosa, la cual da título a un poema
que se incluye en la larga tradición de Góngora, Juan Ramón Jiménez o Miguel de
Unamuno, entre otros. Y ese rojo de la rosa se vive también en “Granada”, como
si todo este fardo de poemas fuese una ascensión reposada y luciente: “Como
quien se adentrase en lo oscuro de un bosque/ sin conocer la exacta dimensión
de su sombra,/y sin embargo viese y sintiese y palpase/y se creyera la
invención de una luz que irradiara en lo/oscuro”. Este camino, como apuntó
Guillermo Carnero, se centra en desvelar, en ser leal a la poética que nos dice
que la palabra, en esta escritura, es una inclinación hacia el misterio, hacia
el otro lado de las cosas y de los seres. Y ese camino se realiza a través de
la intuición y la transparencia, en consonancia con esos “ambientes inasibles”.
Pero en la poesía de la poeta malagueña se encuentran muchas lealtades. Como
nos indica Sharon Keefe Ugalde en su ensayo María Victoria Atencia: un acercamiento crítico: “cada poema se
balancea entre lo irreal y lo posible, con una levedad que pocas veces se
consigue en la poesía onírica.” Esta observación se refiere a Los sueños, en edición no venal de 1976,
y puede sentirse en los poemas de El
umbral
como una constancia más y no como una repetición (los grandes poetas
saben ahondar y no dispersarse).

Si
seguimos el camino de este libro nos encontramos con una bifurcación: por un
lado, los poemas que van hacia la muerte y sus posibles, y por otro, aquellos
que van hacia su contrario.  El primer
lado supone una aceptación de la certeza y con ello surge una nueva
sensibilidad simbólica: el agua. Una vez pasada la belleza de los pájaros y las
flores, lo líquido surge en variaciones como la saliva, la lluvia y los partos.
Todo ello en conformidad con esos relevos generacionales y en plenitud de
desnudez y creación. Desde aquí viene el otro camino: la vitalidad y a partir
de ella no ya la reflexión sobre la escritura sino su celebración como un modo
de soportar los rigores de los inviernos de la edad. Me quedo, para terminar,
con el cierre del libro, “La tinta, el curso azul”:

                                                               Qué
decía esta tinta, ya desvaída antes

                                                               de
que yo fuese el huésped que me acosa,

                                                               mi
habitante al que escribo cuando ya tengo el alma

                                                               tan
pequeña que apenas si me cabe

                                                               en
su espacio tan propio y tan pequeño.

                                                               La
tinta, el curso azul y sus insignias,

                                                               como
una vena que me recorriese y tiño,

                                                               y
escribo y leo y sufro su latido.  

María Victoria Atencia: El umbral. Pre-textos, Valencia, 2011.

2 Comments

  1. Silvia Gallego el 31/03/2013 a las 18:15

    magnífico¡¡ enhorabuena

  2. julio césar galán el 01/04/2013 a las 23:43

    Gracias, Silvia. Una abrazo.

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